
La noche se cernía sobre nosotras cuando las luces del alumbrado público no alcanzaban a tocarnos. Las casas viejas de ventanas rotas y puertas violadas me devolvían un miedo del que hasta ahora solo en películas había experimentado. Los indigentes tirados en sus periódicos a lo largo de las banquetas, mi miedo y mi compañera eran los únicos signos de vida que esa noche dejaba mostrar. Dimos vuelta a la derecha por un boulevard y caminamos otras 2 cuadras más antes de llegar al bar de mala muerte, el cual ella le encontraba un aire un tanto familiar y acogedor, mientras yo evitaba parecer una princesa perdida en la guarida del dragón. Afortunadamente, no había lugar donde sentarnos y decidimos salir de ahí, entregándonos de nuevo al antro más grande del mundo: el centro de la ciudad en la oscuridad de la noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario